en el túnel

Baja sin apuro y al pasar, su mirada se posa en el paquete que sobresale del buzón. Busca la llave, abre la puerta, extrae el sobre y lee un nombre que no es el suyo. La dirección es correcta. El remitente afirma residir en un pueblo de Valencia.
Ya en la calle y de camino al Metro, verifica sus temores: se trata de un libro, más precisamente de un ejemplar antiguo de El túnel (Letras Hispánicas), de Ernesto Sábato.

A pesar de que mi memoria es sorprendente, tengo, de pronto, lagunas inexplicables.

Aquel día lo esperaban en el Consulado para retirar unos documentos. Castel, ya cansado, apuraba su turno desgranando un par de encendidas elucubraciones sobre la aparente tristeza de Messi en la revista gratuita ARG Express. Los veinticuatro números que lo separaban del mostrador dificultaban la tarea de aislar acústicamente su voluntad de las conversaciones que escampaban por la sala.

Curiosamente, en su recuerdo relacionaba a Sábato con una plaza de la Rue du Faubourg que había encontrado buscando el atelier de Comme des Garçons y que ahora, al retomar los encuentros de Juan Pablo con María Iribarne, allí lo trasladaba, sin escalas, desde la Plaza San Martín.

En la ventanilla de al lado, un boxeador con su hija en brazos vomitaba léxico reseñando sus andanzas ante un impasible empleado dueño de uno de esos rostros que uno siempre cree haber visto en algún programa de televisión. Alguien le comentó a Castel que se trataba del Chino Maidana y el hombre de la vanidad de la modestia, hastiado, lo corroboró en su iPhone.

En el túnel

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