un segundo medioego

Las voluntades eclosionan, levantando de a poco los restos de unas cabezas que han conocido las suelas de feroces zapateros. Lejos están de ser sitiadas.
Y es cierto. Hoy los medios posibilitan lo que nadie imaginaba en 1430 -ni Alberti- pero ¿para qué?

Medios cada vez más enteros y menos extremos, idénticos mensajes, fracciones imaginarias que se tornan peligrosamente fines, espíritus inquietos cada vez menos libres que enarbolan la bandera reapropiada de Banksy y los quince minutos de anonimato.

-Warhol no me suena nada. Ni a la Velvet ni a The Doors.

Como lo que puede significar que alguien linkée tu trabajo o deje un comentario, que te agreguen como amigo o te coloquen en favoritos.

La impronta digital tienta. Tienta y seduce con su fluxus fagocitado del todos-somos-todo (pero entonces, quién es cada uno) relegando a un romanticismo cada vez más tardío las añoranzas de un tiempo que si ha tenido algo “de mejor”, fue habernos encontrado menos insoportables, menos impacientes, más jóvenes.

La triste paradoja de este nuevo renaissance apunta que en una época en la que ya no nos preocupan los canales comunicativos -ellos no necesitan lazarillos para alcanzar
nuestros buzones- no sabemos qué hacer con los mensajes, ni distinguimos entre uno y otro, ni sabemos cómo producir algo propio que deba ser dicho.
Si el advenimiento de lo viral vapulea la verticalidad de antaño, la de siempre, la de la información y el alcance, sería apetecible preguntarse qué uso le damos.

-¿Es un plug-in para Photoshop?

Al fin y al cabo, para enviar
saludos, agradecimientos y requests

y sentirnos al menos

menos solitarios, miserables y anónimos

siempre estuvo la tele.

(Texto de Fernando Prats para YSE#13)

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