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momentos previos y no tanto

I
-Disculpe don, ¿tiene un cigarrillo?

H.O. miró serio al joven no muy aseado que se dirigía a él haciendo el gesto de golpearse levemente los labios con los dedos índice y medio de la mano derecha.
Sin mediar palabra sacó un cigarrillo negro sin filtro de una anticuada pitillera de alpaca y se lo dio.

-Se agradece. Seguro viene a la fiesta. Usted no es de aquí.
-No, no soy.
-Ya va llegando la gente. ¿No se arrima?
-No aún.
-Mi novia recita unos versos parece que de un tipo de no sé donde y de otro que vive en Europa, le dijeron a ella, a mi novia.

H.O., sin ganas, porque estaba bien acomodado en aquel mostrador con su vaso de grappa siempre bien atendido, se levantó, hizo señas de pagar y con un mínimo movimiento de cabeza saludó al joven que se quedó mirándolo irse con una sonrisa indescifrable que a H.O. le hubiese gustado ver, así fuese de reojo.

II
Ruibal llegaba tarde. Se había tomado un taxi en la estación de trenes, pero, en lugar de ir directamente para el Centro Social, prefirió instalarse en un hotel del centro, del que le había dado buenas referencias un médico del pueblo de apellido curioso. De hecho, le gustaba la idea de alojarse en un hotel que se llamase “Cervantes”.

Casi sin quererlo, una vez instalado, se tiró en la cama y se quedó dormido. Lo despertaron unos gritos destemplados que parecían venir de la habitación de al lado. Volvió a sonreír en silencio. Se dio una ducha y salió para el acto. En cualquier caso: llegaba tarde.

III
Prats no podía dejar de darle vueltas a una melodía que se le había instalado en la cabeza desde la mañana. A esa altura ya casi era una pequeña composición de dos o tres minutos que quería hacer sonar en algún teclado. Pensó que, probablemente, el Centro Social tuviese un piano vertical más o menos afinado y que, si llegaba temprano, tal vez podría, discretamente, ver como se oía aquello. Las calles de Santa María le parecieron inhóspitas, tuvo la impresión de que la gente estaba, en general, malhumorada. Paró a tomarse un café que pidió como “americano”, a la manera en que pedía en Barcelona. El tipo de la cafetería se quedó mirándolo.

–Un café en taza de té con doble filtro.
-Marchando.

Prats pensó que a aquella melodía, si llegaba a algo, bien la podría llamar así: “Marchando”.

a)

Cuando llegó Prats aún era temprano. La poca gente que ya se congregaba en el salón de actos se le fue acercando, seguramente deslumbrada por el brillo de su chaqueta satinada que entraba en franca competición con el globo de luces que colgaba del techo, en el lugar que años antes ocupara una espléndida araña de caireles.

Una señora entrada en carnes le tomó la mano y al hacerlo le tiró del brazo de modo tal que le obligó a inclinarse y así le impuso un sonoro beso embadurnado en rimel. Otra dama de aspecto austero y pelo recogido le daba golpecitos con un ejemplar del libro de Prats. Seria, sin decir nada, la mujer daba a entender que era perentorio que se lo firmase con una dedicación adecuada.

El presidente de la Comisión de Festejos, con el pulgar derecho encajado en el tirante de los pantalones, le dijo:
-Estimado Sr. Prats, bienvenido. Es un orgullo para esta modesta pero noble institución contar con su presencia. Esperamos, de todo corazón, que esta sea una velada inolvidable.

Prats, un poco apabullado y confuso, atinaba a asentir y sonreír mientras pensaba que cuando realmente empezase a haber gente aquello sería un infierno, módico, pero infierno al fin.

Para ese entonces H.O. ya llevaba un buen rato en el mostrador de la cantina, tomando grappa y jugueteando con un huevo duro que no se decidía a comer.

b)

Cuando a la media hora se lo vió a Ruibal apurando los escasos cuatro metros que separan el final de la escalera de bronce repujado del banquillo desde el que entornaba los ojos un joven muchacho de aires extranjeros, H.O. cabeceó. El camarero confundió la señal y volvió a llenarle el vaso mientras se movía con entusiasmo, probablemente compenetrado con el susurro de Nancy Sinatra que insistía desde los altavoces ubicados a lado y lado de la barra con: “Bang bang, he shot me down/Bang bang, I hit the ground”.

Que lo mejor de la noche estaba en ciernes era evidente. Las luces se apagaron en mucho menos de lo que demoró Ruibal en acercarse hasta donde en vano intentaban conversar Prats y H.O. con la Directora del grupo de Arte Escénico, circunstancia que produjo simultáneamente el cese de todo sonido, el arrebatado ruido de sillas al chocarse, el cuchicheo de los tres protagonistas y sus consecuentes disculpas.

Como si de un ensayo se tratara, la multitud allí congregada comenzó a batir palmas a ritmo de candombe.

*

[ Velada de presentación de Deshielo y Destilaciones, de fernandoprats y Miguel Ruibal, respectivamente]

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